Una vida de pesadilla

Julio 5, 2009

Si la vida es una pesadilla, escribirla puede ser la mejor terapia. Eso pensó Ruth Ramanauskas cuando se decidió a contar su historia en La trampa del sueño americano. Nacida en una familia de inmigrantes lituanos en Argentina, Ramanauskas vivió una infancia marcada por la rigidez de los mandatos familiares y la falta de afecto. A los 11 años se trasladó con su familia desde Avellaneda a Estados Unidos, y sufrió el desarraigo y las burlas de sus compañeros por no ser tan american como ellos. Ya mayor de edad, se casó con un hombre que parecía ofrecerle una salida a esa vida sin afecto, pero que resultó ser un mafioso violento del que tuvo que escapar también. En una visita a la Argentina, se enamoró de un hombre casado, quedó embarazada y tuvo a su hijo sola. Por una serie de hechos penosos, terminó en la calle con su bebé recién nacido. Pero logró salir. Y empezó de nuevo como profesora de inglés, hasta llegar a tener su propia cadena de institutos. Años después volvió a quedar embarazada, y otra vez fue madre soltera. Intentó radicarse en Estados Unidos, pero una demanda judicial del padre de uno de sus hijos la trajo de vuelta. Volvió a Buenos Aires, se enamoró una vez más, formó una familia y construyó otra compañía exitosa. Pero la crisis de 2001 arrasó con la empresa, y esta mujer acostumbrada a empezar de cero se dio cuenta de que la familia perfecta que tanto había anhelado tampoco la hacía feliz.

Ramanauskas vivió una vida de película, un melodrama épico que oscila entre el éxito y la deseperación. En 2003, mientras cuidaba a una madre enferma que nunca la comprendió, empezó a escribir para descubrir quién era y cómo había llegado a ese punto. Si bien algunos pasajes del libro remiten al discurso de la autoayuda, las palabras de esta mujer de cincuenta años se alejan de la autocompasión y adquieren una densidad distinta. Como la historia era tan dolorosa, Ramanauskas necesitó narrarla en tercera persona. Y así nació Antonia, alter ego de la autora y protagonista de un relato conmovedor, en el que lo único falso son los nombres.

(Publicado el sábado 27 de junio de 2009, sección LIBROS, diario Crítica)

Las salas de cine dedicadas a exhibir propuestas diferentes y arriesgadas son pocas, y precisamente por eso esenciales en la vida cinéfila de Buenos Aires. Kino Palais es una de ellas, y acaba de cumplir un año. Se trata de una sala pequeña con un perfil muy definido, que funciona en el Palais de Glace. “Del documental periférico al cine de autor, del video de creación al cine experimental, Kino Palais es una ventana abierta al espectador activo”, señala Rubén Guzmán, responsable de la programación de la sala. Cada fin de semana, Kino Palais invita a descubrir materiales audiovisuales de gran calidad, por lo general inéditos. “Los documentales periféricos son los que están más cerca del borde del género que del centro, definido por el documental convencional. La periferia a veces está dada por el cruce de disciplinas o géneros como la danza, la pintura, el ensayo literario, la poesía y el cine experimental. Esos intersticios de tratamiento del lenguaje audiovisual son los que más nos interesan en Kino Palais”, explica Guzmán.

En su primer año, la calidad de la programación fue una constante. La sala exhibió películas de culto del director canadiense Guy Maddin como Los cobardes se arrodillan, La canción más triste del mundo, Marca en la mente! -que incluyó una performance en vivo-, ¡Cuidado! y Cuentos del hospital de Gimli. También se proyectó una versión restaurada de Entusiasmo, del director ruso Dziga Vertov, y los documentales La revolución no será transmitida y La corporación. Hubo ciclos de cine paraguayo y africano, y uno dedicado al director checo Jirí Menzel. Pero además, Kino Palais se convirtió en un importante espacio para ver cine experimental. Se exhibieron obras de Arthur Lipsett, Narcisa Hirsch, y un ciclo del animador escocés-canadiense Norman McLaren, que dibujaba directamente sobre la película.

Por ahora, las proyecciones de Kino Palais son en DVD, pero los responsables de la sala evalúan la posibilidad de incorporar un proyector de 16 milímetros, que permitiría ampliar aún más la programación. En junio, la propuesta fue Encuentro con el nuevo cine danés, un ciclo que incluyó películas danesas posteriores al Dogma 95, presentado en conjunto con la sala Leopoldo Lugones. “Son trabajos muy fuertes e innovadores, tanto de ficción como documentales”, explicó el programador de Kino Palais, que se ocupa de presentar cada una de las funciones. “Sabemos que el material que ofrecemos no siempre es de fácil acceso, y por eso nos interesa generar un diálogo con el público. Hay una gran diferencia entre dejar al espectador abandonado frente a las imágenes y los sonidos, y tener un diálogo previo y a veces posterior a la proyección. Tratamos de expandir la percepción del espectador que viene a este espacio, que es un espectador activo”, explica Guzmán.

En un año, Kino Palais logró consolidar un promedio de cuarenta espectadores por función, una cifra interesante para una sala pequeña especializada en cine no convencional. Las funciones son los viernes, sábados y domingos a las 18.30 en el Palais de Glace, con entrada libre y gratuita.

(Publicado el sábado 27 de junio de 2009, revista Ñ)

Hace cincuenta años nacía en la pantalla uno de los personajes más entrañables de la historia del cine: Antoine Doinel. El 4 de mayo de 1959 se estrenó en el Festival de Cannes Los 400 golpes, la ópera prima de François Truffaut. Ese año, la película se llevó el premio al mejor director, y marcó la consagración de la Nouvelle Vague, la nueva ola del cine francés. Apenas un año antes, cuando todavía era solamente un crítico de Cahiers du Cinema, el Festival de Cannes le había negado a Truffaut la acreditación como periodista por las polémicas opiniones expresadas desde la revista. Pero para mayo de 1959, algo había cambiado.

François Truffaut empezó a escribir en Cahiers du Cinema en 1953. Un año después, con la publicación del artículo Una cierta tendencia del cine francés, se transformó en una de sus figuras más polémicas. Truffaut cuestionó con dureza la tradición de qualité (de calidad) del cine francés de entonces, consagrado a las adaptaciones de los clásicos de la literatura. Para el joven crítico, se trataba de un cine academicista, hecho por guionistas que explotaban siempre los mismos temas y las mismas fórmulas. La contracara de ese modelo era un cine nuevo, cargado de vitalidad y signado por la visión personal del director.

Desde las páginas de la revista, el grupo integrado por François Truffaut, Jacques Rivette, Claude Chabrol, Eric Rohmer y Jean-Luc Godard impulsó la llamada “política de los autores”. Reivindicaban a directores como Howard Hawks o Alfred Hitchcock, hasta entonces menospreciados por cierta crítica que los consideraba artesanos al servicio de Hollywood. Los críticos de Cahiers du Cinema partían del concepto de caméra-stylo (cámara-pluma), acuñado en 1948 por el crítico y cineasta Alexandre Astruc. Un director era capaz de expresarse a través del cine de manera tan personal como un escritor con su pluma. El estilo de un autor se manifestaba a través de la mis-en-scéne (puesta en escena), era reconocible y progresaba de una obra a la siguente.

Cuando estos jóvenes críticos empezaron a filmar, cambiaron la historia del cine. Sus películas rompían con prácticas habituales en el cine francés de la época. Filmaban con presupuestos bajos, en escenarios naturales, y con actores no profesionales. Pero sobre todo, tomaban situaciones de la vida cotidiana, elegían sus temas con absoluta libertad, y hacían de la espontaneidad y la improvisación un valor. Los 400 golpes es una película semi autobiográfica, basada en experiencias del propio director. Truffaut retrató con ternura y respeto el doloroso fin de la infancia. Como señaló Jacques Rivette al presentar la película en Cahiers du Cinema, “al hablar de sí mismo, pareciera que habla también de nosotros”.

Para Los 400 golpes, Truffaut consideró varios títulos, como La fuga de Antoine, Los niños olvidados y Los vagabundos. La expresión francesa faire les quatre cent coups se puede traducir como “meterse en líos”. Y es exactamente lo que hace el incomprendido Antoine Doinel. Su madre y su padrastro no muestran demasiado interés en él, y en la casa las peleas son constantes. La situación en la escuela, con profesores autoritarios y una disciplina severa, no es mejor. Antoine se escapa de la escuela junto con su amigo René para vagar por las calles de París. Y una pequeña travesura lo lleva a otra mayor, hasta ser enviado por sus propios padres a un instituto de menores, luego de cometer un pequeño robo.

Los 400 golpes es, además, la película en la que debutó como actor Jean-Pierre Léaud, de sólo catorce años. Y es la primera del ciclo Antoine Doinel, que incluye el corto Antoine y Colette (1962), y los largometrajes Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y El amor en fuga (1979). A lo largo dos décadas, Jean-Pierre Léaud interpretó al alter ego del director. “Antoine Doinel es ese personaje imaginario que resulta ser la síntesis de dos personas reales, Jean-Pierre Léaud y yo”, afirmó alguna vez Truffaut.

La Nouvelle Vague marcó una profunda renovación en el cine. La importancia histórica de Los 400 golpes fue percibida incluso en ese momento. Luego del premio en Cannes, en la edición de junio del ’59 de Cahiers du Cinema, el crítico Jacques Doinol-Valcroze –uno de los fundadores de la revista junto con André Bazin y Joseph-Marie LoDuca- escribió: “Lanzada al comienzo del festival, la bomba Truffaut resonó hasta el final, y su eco se prolongará por un largo tiempo”. No se equivocaba.

(Publicado el sábado 13 de junio de 2009, revista Ñ)

Un padre que quiere acercarse a su hijo adolescente, y la convicción de que el cine es una educación posible. De eso está hecho Cineclub. El escritor y crítico de cine canadiense David Gilmour ve que, a pesar de todo lo que hacen él y su ex mujer por ayudarlo, en el colegio su hijo Jesse es un desastre. Un día, le propone al chico de quince años un trato atípico. Puede dejar la escuela y no tendrá que trabajar, pero deberá ver tres películas a la semana con su papá, y no consumir drogas. Una decisión arriesgada, que abre la puerta a una verdadera educación cinematográfica. Jesse no lo puede creer, pero acepta.

El libro recoge la experiencia de esos tres años de cine y conversaciones entre un padre sin trabajo y un adolescente abúlico. Para la primera función del “cineclub” -como llama Gilmour a las sesiones cinematográficas que comparten en el sillón- el padre elige Los cuatrocientos golpes, la ópera prima de François Truffaut, que también dejó la escuela, y se formó como director en los cineclubs parisinos. El “programa” que diseña no es académico ni pretencioso. Para Gilmour, las películas “..tenían que ser buenas, clásicos de ser posible, pero atractivas, capaces de sacarlo de sus cavilaciones con un argumento sólido”. El recorrido incluye films tan disímiles como Nido de ratas, Psicosis, La dolce vita, Último tango en París, El bebé de Rosemary, Annie Hall o Showgirls. Gilmour le cuenta a Jesse lo que más le interesa o le llama la atención de cada una. Y las películas se convierten en un puente para comunicarse. Hablan cómodos sobre mujeres, drogas o alcohol en una etapa en que la mayoría de los chicos no quiere saber nada de hablar con sus padres.

Porque también de eso se trata el libro. De un padre que narra con honestidad y afecto la relación con su hijo, las dudas que lo invaden en el proceso, lo difícil que es ver a alguien crecer, los miedos, y la impotencia de saber que a veces no puede ayudarlo. Un experimento cinéfilo-educativo en el que vale la pena sumergirse. “Por lo menos sabe que Michael Curtiz filmó dos finales para Casablanca por si uno no salía bien. Eso tiene que servirle de ayuda en el mundo. No se puede decir que haya enviado a mi hijo indefenso”, escribe Gilmour. Y con el correr de las páginas le damos la razón.

(Publicado el 30 de mayo de 2009, sección LIBROS, diario Crítica)