Películas que dejan de ser un misterio
Agosto 1, 2009
Buena parte del cine mudo nacional es una incógnita para los investigadores. La aparición de una retrospectiva en dvd, “Mosaico criollo”, descorre algunos velos y presenta una serie de cortos que, luego de su restauración, quedan al alcance del público por primera vez.

El cine mudo argentino, dicen los investigadores, es un gran misterio. Aunque existió una importante producción, estimada en unos doscientos largometrajes de ficción, además de noticieros y documentales, la mayor parte se perdió. En la actualidad, no hay una filmografía completa y apenas se conservan unas catorce películas argumentales. Pero al problema de la conservación se suma también la falta de difusión. El material que sobrevivió casi no ha circulado porque, en general, se conservan copias únicas que no se pueden proyectar.
Para empezar a revertir esta situación, el Museo del Cine “Pablo Ducrós Hicken” y el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) acaban de lanzar en forma conjunta Mosaico criollo. Primera antología del cine mudo argentino . Se trata de una cuidada edición que incluye tres dvd y un libro. Para acompañar el lanzamiento, el Malba presenta en agosto una retrospectiva de cine argentino mudo, en la que podrán verse los filmes que integran Mosaico criollo y otros clásicos del período, acompañados por música en vivo.
La edición de esta caja constituye todo un acontecimiento para la historia del cine nacional, ya que facilita el acceso a un material que hasta ahora no estaba al alcance de los investigadores y mucho menos del público. Además, se trata de un proyecto en el que colaboraron varios archivos, públicos y privados, que se concretó gracias al trabajo conjunto y articulado del Museo del Cine de la Ciudad y el INCAA, dos instituciones fundamentales en el campo de la preservación audiovisual. La caja incluye tres dvd con seis películas de ficción, tres noticieros, dos cortos y un documental, y un libro con textos originales a cargo de investigadores especializados. La idea y coordinación general del proyecto es de la directora del Museo del Cine, Paula Félix-Didier, y del crítico e historiador Fernando Martín Peña.
“Desde que uno sabe que existen estas películas, uno quiere difundirlas. A mí en su momento me costó muchísimo verlas. Y cuando pude ver algunas, el primer obstáculo con el que me encontré fue la calidad de las copias”, cuenta Peña. Para Félix-Didier, “es muy importante que la edición incluya textos que contextualicen los filmes. Como hay tan poca información sobre el tema, nos parecía fundamental explicar, en cada caso, quién era el director, qué importancia tenía, en qué momento fue hecha la película, y dar un panorama general del cine mudo argentino”.
Además, en los dvd se incluyeron, antes del inicio de cada filme, textos breves con información sobre la procedencia de las películas y el trabajo que hubo que hacer para llegar a difundirlas. Los largometrajes de ficción Mi alazán tostao , La quena de la muerte y Hasta después de muerta , por ejemplo, provienen de la colección de Manuel Peña Rodríguez, la misma en la que el año pasado se encontró una versión completa de Metrópolis, de Fritz Lang ( Ñ , 272). Distinto fue el caso de La vuelta al bulín , de José A. Ferreyra. El Museo del Cine tenía una copia única en soporte nitrato (un material inflamable) que no se podía proyectar, y este año el Bafici financió el tiraje de una copia nueva en 35 mm, de la que procede la versión del dvd.
El trabajo que se hizo para mejorar la calidad de las películas constituye un capítulo aparte. Los responsables del proyecto prefieren hablar de “reconstrucción” antes que de restauración, que implica intervenir sobre la imagen para devolverle la calidad original.
“Restaurar todo este material de manera ideal es imposible, porque los originales se han perdido. Elegimos el material que estaba en mejores condiciones, el que consideramos que iba a requerir el menor gasto y se iba a ver medianamente bien”, explica Félix-Didier. El primer paso fue tomar los materiales más próximos a los originales y digitalizarlos en alta resolución, para luego realizar correcciones digitales en un estudio de posproducción. Esta “reconstrucción” partió, en algunos casos, de fuentes documentales. “Para hacer la reconstrucción de Mi alazán tostao , por ejemplo, nos basamos en críticas y comentarios publicados en la prensa en esos años. Había descripciones argumentales muy detalladas que nos permitieron saber cómo era la versión original, y deducir qué le falta a la copia que sobrevivió”, cuenta Peña.
La trastienda de un rescate
La “reconstrucción” digital se dio en varios niveles. Por un lado, se agregaron virados a color. “En el cine mudo, el virado a color era muy común. Entonces, cuando las películas tenían virados, los recuperamos”, explica Félix-Didier. Y Peña comenta: “En esa época, se usaban los colores según el momento del día en que transcurriera la acción, y según se tratara de un interior o exterior. Como muchas de las copias que se conservan se hicieron en película blanco y negro, la información de los virados se perdió. A veces los carteles decían ‘Esa noche sucedió…’, y el plano siguiente era a plena luz del día. Había una incongruencia narrativa que tratamos de corregir, respetando la paleta de colores de esos años”.
También se corrigió el tiempo de pantalla de los intertítulos. “En muchos casos los intertítulos eran muy cortos y los alargamos digitalmente para que dé el tiempo a leerlos”, explica Félix-Didier. “Cuando la imagen era muy inestable tratamos de fijarla, y en algunos casos la reencuadramos. Además, si en los intertítulos faltaba una palabra y sabíamos cuál era, la reconstruímos con la misma tipografía. Fue un trabajo bastante artesanal, hecho con software pensado originalmente para publicidad y efectos especiales”. En cada filme, se ajustó también la velocidad de proyección. “En el cine mudo –explica Peña– no había una velocidad fija, porque los operadores filmaban a manivela. Por eso, se estimó la velocidad viendo cada película, como se hacía entonces, y se corrigió para cada caso. La velocidad fija y estable a 24 fotogramas por segundo se estableció recién en 1927, con la aparición de los sistemas de sincronización de sonido”.
Otro aspecto fundamental del proyecto fue la inclusión de la música, compuesta y producida por Fernando Kabusacki y Matías Mango. “Hicimos componer música original para recuperar las condiciones en que se veían las películas en su momento. Las películas nunca eran mudas, siempre tenían un acompañamiento musical en vivo, ya sea el pianito en el cine de barrio o la orquesta”, apunta Félix-Didier. En uno de los artículos del libro, Kabusacki explica el modo en que trabajaron el soporte sonoro: “A veces utilizamos los instrumentos que se ven en la escena, como el yaraví en La quena de la muerte . También recurrimos a efectos de sonido y ruidos de ambiente, trabajándolos como material musical, como en las imágenes de aviones y batallas de En el infierno del Chaco”.
Por último, los intertítulos de los filmes se tradujeron al inglés y al francés y se agregaron como subtítulos opcionales en los dvd. Es que la caja también fue pensada para entregar a los representantes de distintos archivos extranjeros, que se reunieron en mayo pasado en Buenos Aires en ocasión del 65 Congreso de la Federación Internacional de Archivos de Filmes (FIAF).
Por ahora, no habrá ejemplares a la venta, sino que se entregarán copias a investigadores, escuelas de cine, bibliotecas, universidades e instituciones que puedan multiplicar la difusión del material. En una segunda etapa, el Museo proyecta crear un sitio Web y subir allí las películas. A excepción de la música, el material de Mosaico criollo , por su antigüedad, no está sujeto a derechos de autor. “La idea es que las películas se puedan ver desde la Web, y vamos a elaborar materiales didácticos para acompañarlas. Estamos viendo cómo lo resolvemos desde el punto de vista técnico”, cuenta la directora del Museo.
Las películas editadas en Mosaico Criollo se podrán ver durante todo agosto en el Malba. Además, se proyectarán otros clásicos del período como Amalia y Nobleza gaucha , en el que será el primer ciclo dedicado al tema en más de veinte años. Para que el cine mudo argentino deje de ser un misterio.
Convenios y nuevos rumbos
En julio de 2008, el mundo se enteró del hallazgo de una versión completa de Metrópolis, de Fritz Lang, en el Museo del Cine. La copia formaba parte de la colección de Manuel Peña Rodríguez, que pertenece al Museo. En mayo, el ministro de Cultura de la Ciudad, Hernán Lombardi, firmó un convenio con la fundación Friedrich Wilhelm Murnau, de Alemania. A cambio del préstamo de la copia de Metrópolis para su restauración, la fundación Murnau le entregará al Museo una copia restaurada en 35 mm, con los derechos de explotación en Argentina. Pero además, la Fundación va a financiar la preservación de nueve mil metros de material de nitrato, que serán transferidos a material de seguridad. En el Museo ahora trabajan para determinar qué material se va a preservar, en función de la importancia, la antigüedad y el nivel de deterioro. La directora del Museo, Paula Félix-Didier, explica: “Nueve mil metros de película es el equivalente a unos tres largometrajes mudos. Nuestra idea es transferir algo de lo que hay en el Museo en material de nitrato, como El suplicio del fuego –una película rosarina de 1923–, Amalia –el primer largometraje nacional de ficción–, y varios noticieros”.
El objetivo es editar ese material en una segunda antología de cine mudo que continúe el trabajo iniciado con Mosaico criollo. Pero antes, el Museo trabaja en una compilación de cortos de animación clásicos. Félix-Didier cuenta: “La idea es hacer una compilación, también en colaboración con otros archivos, con la producción nacional clásica y otros materiales. En el Museo tenemos una colección de una productora de la década del cincuenta que hizo cortos destinados a escuelas, parroquias y al mercado hogareño. Y en Sucesos argentinos también hay fragmentos de animaciones, como las de Landrú”. Para el Museo del Cine, se trata de hacer accesible el material que integra sus colecciones. “Esa es la misión principal de un archivo, sobre todo si es público”, apunta Félix-Didier.
(Publicado en Revista Ñ el sábado 1 de agosto de 2009)